Volvamos a tomarnos la (información de) salud con calma

Imagen para ilustrar columna de Pablo Linde del 16 de noviembre 2021.

Por: Pablo Linde

Esta columna es publicada a propósito de la ‘Guía sobre el estado actual del periodismo en salud en América Latina’, un documento presentado por la Fundación Gabo y Roche América Latina, que ofrece una radiografía y, a su vez, una hoja de ruta para un ejercicio periodístico cada vez más riguroso, innovador, colaborativo y cercano a las audiencias. Descarga sin costo la guía 

No nos ha quedado más remedio que informar con rapidez, incluso con precipitación, sobre una pandemia provocada por un virus desconocido que llegó a parar el mundo. Ante una situación así no ha habido tiempo de reposar muchas de las noticias que hemos transmitido, de analizar los estudios científicos con la suficiente calma antes de divulgarlos, de esperar a que las cifras se asentasen para reportarlas. Pero ya es hora de levantar el pie del acelerador y volver a tomarnos la (información de) salud con cierta calma.

Decía el gran Miguel Ángel Bastenier que hay dos tipos de periodistas: “Los que escriben rápido y los que no son periodistas”. Y no seré yo quien le enmiende la plana. La velocidad es consustancial al periodismo. Debemos de ser capaces de reaccionar a lo que sucede en cada momento, tratar de armar el puzzle de la realidad con las piezas de las que disponemos para dar la imagen más fidedigna posible a nuestros lectores (oyentes o espectadores).

Pero tan antiguo como el periodismo es el debate de la rapidez versus la profundidad. ¿Qué es mejor: publicar el primero o dar la mejor información? Idealmente, las dos cosas, aunque no es una realidad binaria: existe una gran escala de grises. ¿Hacia cuál decantarse? Creo que no hay una respuesta universal a esta pregunta. Dependerá de qué tipo de noticia que tratemos. Cuando hablamos de salud, casi siempre me inclino hacia la segunda opción: si hay que sacrificar algo, prefiero perder velocidad para ganar rigor, precisión y contexto.

Al contrario que sucede con otros asuntos, las noticias que tienen que ver con la salud pueden afectar muy directamente a la vida de las personas, a sus decisiones. Probablemente querremos saber cuanto antes el resultado de nuestro equipo de fútbol, y si lo recibimos con un error en quién marcó los goles no va a cambiar sustancialmente nuestro día. Tampoco la mayoría de las declaraciones del político de turno. Pero si hay fallos en una información sobre salud es posible que decidamos no tomar un medicamento que nos puede salvar la vida, o viceversa.

Noticias precipitadas sobre posibles efectos secundarios de las vacunas pueden provocar que miles de personas decidan no utilizar lo que ha demostrado ser la mejor vía de salir de la crisis sanitaria provocada por la covid. Las carreras por informar los primeros sobre estos temas suelen traer aparejadas lecturas precipitadas que no benefician en nada al lector. No hay que renunciar a ser los primeros, pero sí a hacerlo a cualquier precio.

En los comienzos de la pandemia, los periodistas de salud aparcamos una fórmula consensuada con la comunidad científica: hacernos eco de los estudios una vez publicados en revistas revisadas por pares. Sus editoriales nos los mandan unos días antes bajo embargo (la promesa de que no publicaremos nada hasta una fecha y hora concretas) para que podamos leerlos con calma y entrevistar a sus autores y otros científicos. Ningún medio se lleva la primicia, pero todos han tenido tiempo para escribir notas contrastadas.

Ante un virus nuevo y desconocido que avanzaba ferozmente no había tiempo para este proceso. Tanto científicos como periodistas tratábamos de aportar algo de luz sobre lo que estaba pasando cuanto antes, y para eso recurrimos a los denominados ‘preprints’: estudios todavía sin publicar y con un rigor dudoso. No necesariamente erróneos, pero sin garantía de calidad. La experimentación con nuevos medicamentos o fórmulas contra el virus entraba así en la carrera informativa: ya no eran los científicos que revisaban los estudios los encargados de decidir si una investigación era lo suficientemente competente como para ameritar su publicación, sino los propios periodistas los que seleccionábamos los ‘preprints’ que nos parecían interesantes para llevarlos directamente a nuestras audiencias sin ese filtro previo.

Sin ser muy partidario de esta fórmula, ni siquiera en una pandemia, creo que ha habido momentos en los que se ha podido justificar. Pero ya han terminado.

Tenemos que volver a la calma, a informar sobre salud solo cuando tengamos muy atados los argumentos, a no dejarnos llevar por las carreras. Las preguntas que me hago son: ¿una vez abierta la caja de pandora de los ‘preprints’ seremos capaces de volver a cerrarla? ¿No caeremos en la tentación de adelantarnos si pasa por nuestras manos uno de estos estudios aún sin publicar en una revista científica? ¿No nos exigirán nuestros editores que nos hagamos eco de ellos si lo leen en la competencia?

Quienes informamos sobre salud somos los primeros que deberíamos renunciar a estas fórmulas y, si es necesario, convencer de ello a nuestros jefes. Es un reto que tenemos para la información que va más allá de la pandemia, pero también para la propia covid. Todavía nos quedan meses, si no años, informando sobre esta nueva enfermedad. Cada vez tiene menos sentido detenerse en el “minuto y resultado” que hemos reportado durante buena parte de su avance. Ya es posible (y necesario) abordar los datos que surgen de ella con más reposo: dar unos pasos hacia atrás para que los árboles no nos impidan ver el bosque de la pandemia.

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