Acercarse a lo pequeño para ver lo grande

Imagen para ilustrar columna de Pablo Linde del 6 de mayo 2021.

Por: Pablo Linde

A principios de marzo de 2020 el coronavirus se estaba expandiendo por España, pero las estadísticas oficiales apenas reflejaban unas decenas de casos al día en todo el país. Algunos hospitales madrileños empezaban a dar señales de alarma. Sospechábamos que se estaban haciendo pocas pruebas diagnósticas, pero las autoridades sanitarias no publicaban la cifra concreta. Todo nos hacía pensar que había una gran parte de la foto que no estábamos viendo, pero tampoco teníamos datos cuantitativos para saber cuán grande era esa porción.

Si no existen cifras oficiales o si son defectuosas, los periodistas nos encontramos con un enorme obstáculo para transmitir a la ciudadanía lo que realmente está pasando; aplica especialmente a un contexto como es una pandemia, pero es extrapolable a muchos otros. Aunque generalmente no tenemos la capacidad para construir una estadística propia, sí podemos aproximarnos desde otros ángulos que nos acerquen un poco más a esa foto completa. Cuando nos impiden ver lo macro, no queda otra opción más que acercarse a lo micro.

Eso hicimos. Hablamos con hospitales, con los laboratorios, con las urgencias, con virólogos y epidemiólogos para tratar de interpretar lo que estaba pasando. No podíamos cuantificarlo, nadie podía hacerlo de forma exacta en aquella época, pero al menos sí concluir que lo que estábamos contemplando era probablemente solo la punta del iceberg. Con esta filosofía, el viernes 7 de marzo publiqué en El País un artículo titulado ‘La magnitud de la epidemia sigue oculta’. Queríamos mostrar que lo que estaba sucediendo era mucho más grave de lo que mostraban las cifras oficiales, pero no podíamos establecer cuánto más.

El lunes siguiente los casos se habían disparado, ya sí, de forma oficial. España comenzó a tomar medidas contundentes y solo una semana más tarde el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunciaba a la ciudadanía que al día siguiente se proclamaría un estado de alarma. A partir de ahí, los españoles pasamos prácticamente dos meses encerrados en nuestras casas.

Los problemas al acceso a la información en asuntos relacionados con la salud pueden adoptar muchas formas en función del contexto y el país. Pero tirar del hilo de lo más pequeño para tratar de esbozar lo más grande es casi siempre una buena estrategia.

En España un problema frecuente para plasmar la realidad del país es su composición administrativa. Está formado por 17 comunidades autónomas, que son el equivalente a los departamentos en Colombia o las provincias en Argentina. Sus datos no se unifican hasta meses o años después de que cada comunidad los recopile; en el mejor de los casos cada gobierno regional publica los suyos y no siempre son homologables y comparables, de forma que es muy complicado seguir asuntos importantes que se basan en cifras epidemiológicas, por ejemplo. Sin ir más lejos, nos pasamos los primeros meses de la pandemia con la referencia de camas hospitalarias disponibles de un informe con datos de 2018: el ministerio todavía no había unificado y publicado las últimas estadísticas disponibles.

En el inicio de la vacunación nos encontramos con un problema similar para conocer el ritmo al que avanzaba la inmunización. Aunque cada día el ministerio publicaba el número de dosis que recibía e inyectaba cada autonomía, no conocíamos, de forma detallada, a qué grupos de edad se le están administrando, por ejemplo. En una actualidad tan cambiante, tratamos de acudir a cada gobierno regional para hacer aproximaciones. De nuevo, bajamos un escalón. Pero ellos tampoco iban a desvelar si hay problemas en sus sistemas. Así que hay que descender otro más y preguntar en hospitales, a médicos y enfermeras, si los han localizado. Y así, tratar de desmadejar cada asunto que tratemos para acercarnos a la realidad.

No desvelo nada a los periodistas veteranos si les digo que los sindicatos son una de las mejores herramientas que tenemos para penetrar en información que las autoridades no facilitan. Pero sé que este es un foro de muchos profesionales nuevos o en formación y a ellos seguro les será útil empezar por estas organizaciones de trabajadores, fáciles de localizar, a través de las cuales se puede conocer a especialistas diversos y entrar en un mundo que de otra forma sería de difícil acceso.

Una vía parecida son las asociaciones o sociedades médicas. Y, desde hace ya algún tiempo, las redes sociales son un gran aliado para encontrar contactos que nos ayuden a conocer qué sucede realmente en los ámbitos sobre los que informamos. Algunas de las mejores fuentes que he tenido en esta pandemia las he conocido por Twitter. Es difícil encontrar aquí datos que nos acerquen a lo macro, pero sí son un buen punto de comienzo. Incluso ir más allá: un grupo de médicos de la Comunidad de Madrid se dedicó a recopilar en una cuenta de Twitter, hospital por hospital, el número diario de los ingresados en las unidades de cuidados intensivos y el porcentaje de camas estructurales que ocupaban, una información muy valiosa que no proporcionaban las autoridades.

Cuando los Gobiernos se resisten a aportar datos suele haber también vías para exigirlos. Dependerá de cada país. Puedo hablar con conocimiento de causa del caso de España. En 2013 se aprobó una ley de transparencia por la que se puede exigir información que se considera de interés público. No es una vía rápida ni siempre funciona, pero ha permitido que los medios de comunicación publiquen decenas de noticias que de otra forma habrían permanecido ocultas.

Similar a esta pueden ser las de los Defensores del Pueblo, o los Parlamentos. El Gobierno está obligado a responder a preguntas de los diputados. Basta encontrar un aliado en la cámara de representantes que la haga por nosotros y luego nos facilite la información.

Trabas a la información hay muchas. En cada lugar son diferentes y, en cada realidad, los periodistas tienen que apañárselas para superarlas.

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