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Cuando el periodismo se equivoca de villano: gripe porcina, viruela del mono y el estigma animal
En 2009, mientras el virus H1N1 se propagaba por el mundo, miles de cerdos no estaban enfermos. Tampoco lo estaban quienes los criaban. Pero eso no evitó que países enteros prohibieran la importación de cerdos y sus productos, ni que en algunos lugares se sacrificaran poblaciones porcinas completas. La razón no fue científica: fue lingüística. El virus se bautizó en los medios como “gripe porcina”, y ese nombre, más que el propio virus, fue lo que determinó cómo reaccionó el mundo.
Cada 6 de julio se conmemora el Día Mundial de las Zoonosis, en homenaje al día de 1885 en que Louis Pasteur aplicó la primera vacuna antirrábica exitosa. Es una fecha pensada para recordar algo que el periodismo de salud no siempre transmite bien: que la salud humana, la animal y la ambiental están profundamente conectadas y que cuidar a los animales es, casi siempre, cuidarnos a nosotros mismos. Pero hay una forma de contar estas historias que produce el efecto contrario, en lugar de generar cuidado, genera persecución.
Un nombre mal puesto con consecuencias reales
El caso de la “gripe porcina” es uno de los más estudiados cuando se habla de la estigmatización que los medios de comunicación pueden causar en animales. Muestra con nitidez cómo una etiqueta periodística imprecisa se convierte en política pública, en pérdidas económicas y en violencia hacia los animales.
El H1N1 combinaba genes porcinos, aviares y humanos. Los cerdos solo se infectaban por contacto con humanos enfermos, nunca al revés. Aun así, el nombre quedó fijado desde el inicio del brote, y la Organización Mundial de la Salud y la Organización Mundial de Sanidad Animal tuvieron que repetir, una y otra vez, que el cerdo cocido era completamente seguro para el consumo.
Ese nombre tuvo consecuencias. En Brasil, el cuarto exportador mundial de carne de cerdo, el propio Ministerio de Agricultura reconoció ante el Congreso que el nombre ‘gripe porcina’ frenó el consumo y la exportación del producto “sin ninguna justificación”.
Asimismo, un estudio realizado en carnicerías de Sidney, Australia, durante el pico del brote encontró que un 11,1% de los encuestados cambió sus hábitos de consumo de cerdo a raíz del pánico, y un 5,2% dejó de comerlo por completo.
En una búsqueda por evitar estos daños colaterales, la OMS publicó en mayo de 2015 directrices formales para nombrar nuevas enfermedades infecciosas, elaboradas junto con la Organización Mundial de Sanidad Animal y la FAO.
Las directrices son específicas sobre qué evitar: ubicaciones geográficas, nombres de personas, especies animales o alimentos, referencias culturales u ocupacionales, y términos que incitan miedo innecesario. El resultado práctico de aplicar este estándar se vio con el SARS-CoV-2: el virus que causó la pandemia de 2020 recibió un nombre técnico y neutro, en lugar de uno asociado a un lugar o un animal, precisamente para evitar repetir el patrón de estigmatización observado antes.
La forma en que hablamos de las zoonosis es, en sí misma, un asunto de “Una sola salud”, el enfoque que reconoce que la salud humana, animal y ambiental son inseparables, y que es el marco oficial bajo el cual se conmemora cada 6 de julio el Día Mundial de las Zoonosis.
A pesar de esta iniciativa de corregir el problema, en 2022, cuando circularon las primeras noticias sobre la “viruela del mono” (mpox), hubo episodios de persecución, envenenamiento y ataques contra primates en Brasil sin ningún vínculo real con el brote en curso. Una vez más, una designación convirtió a una especie amenazada en blanco de un pánico que no le correspondía.
¿Cómo evitar que esto pase desde el periodismo en salud?
Según la OPS y la OMS, el 75% de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos tienen origen animal. Esa cifra debería ser para el periodismo un llamado a la precisión y a evitar el alarmismo.
Si la mayoría de las amenazas sanitarias futuras van a involucrar algún tipo de interacción con animales, la forma en que los medios narren esas interacciones determinará si el público responde con medidas de prevención razonables o con pánico que termina golpeando a las especies equivocadas, a las comunidades equivocadas y generando políticas públicas equivocadas.
Por eso es importante que antes de cubrir una enfermedad zoonótica te preguntes:
- ¿El nombre que uso es un consenso científico o una etiqueta popularizada por la prensa?
- ¿Estoy describiendo con precisión cómo se transmite o dejo que el titular insinúe más riesgo del real?
- ¿Quién puede salir perjudicado si el miedo se generaliza hacia un animal, región o comunidad?
- ¿Estoy citando también fuentes de salud animal y ambiental, no solo de salud humana?
El periodismo de salud tiene una oportunidad concreta en este tema, contar estas historias sin alimentar el ciclo de pánico-estigma-daño que la evidencia muestra una y otra vez. No se trata de minimizar el riesgo real de las enfermedades zoonóticas, que son responsables de millones de casos y muertes cada año, sino de contarlas con el rigor que evita que el animal, la comunidad o el país equivocado termine pagando el precio de un titular apresurado.