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Columnistas

El periodismo con precisión: un marco útil para el periodismo sobre salud

junio 14, 2022
El periodismo con precisión: un marco útil para el periodismo sobre salud

Por: Jorge Galindo*

Detroit, 1967. Una súbita ola de disturbios deja 43 muertes, 2.000 edificios destruidos, 7.200 personas detenidas. Nadie los esperaba en la ciudad. Toda la prensa local se lanzó a buscar explicaciones.

Tres teorías empezaron a tomar forma en el cubrimiento. La hipótesis de la clase social equiparaba a los alborotadores con personas de clase socioeconómica baja, sin otra forma de expresarse.

La teoría de la no asimilación postulaba que el origen de la revuelta estaba en la población afroamericana de Detroit: eran inmigrantes del sur de los Estados Unidos, más rural, y en su incapacidad para adaptarse a la cultura del norte.

Por último, otros argumentaban que era una cuestión de frustración de expectativas de la población afroamericana por la lentitud en los avances de inclusión socioeconómica, cultural y cotidiana.

Esta es la historia con la que Kiko Llaneras y yo empezamos nuestro capítulo dedicado al periodismo de precisión en el libro recopilatorio Cada mesa, un Vietnam, del que me he acordado con frecuencia durante esta pandemia, y del que decidí partir para armar esta propuesta sintética de aproximación periodística. Y es que no sólo constituye su mito fundacional, sino también un ejemplo privilegiado del problema que soluciona.

La forma habitual que tiene el debate público de dirimir entre explicaciones ante un hecho sorprendente es a través de argumentaciones y evidencias cruzadas en noticias, artículos de opinión, comentario, etcétera.

El problema es que cada voz, cada medio, parte de su conocimiento inicial –de su sesgo– y lo contrasta con la evidencia parcial que soporta su tesis de partida. Como consecuencia, no se añade información clave para la audiencia. No hay nueva señal. Domina el ruido.

Y esto, más o menos, es lo que vino a suceder en el Detroit de 1967.

Pero Philip Meyer, de Detroit Free Press, decidió probar una aproximación diferente. Lanzó una encuesta sumada a una investigación cualitativa sistemática, de corte sociológico, entre la población relevante para dilucidar entre las tres teorías.

El estudio mostró que los vecinos nacidos en el norte tenían mayor probabilidad de participar en disturbios que los de origen sureño, descartando la hipótesis de falta de integración. También observó que el nivel educativo y el estatus económico no eran buenos predictores del comportamiento alborotador, descartando así la hipótesis clasista.

De esta manera, la hipótesis de frustración de expectativas ganó relevancia como respuesta al porqué de las revueltas.

Este ejemplo dio origen al concepto de periodismo de precisión, acuñado por el propio Meyer, y que no significa otra cosa que aunar la actitud científica y la periodística. Ambos ejercicios tienen un objetivo final común: la búsqueda de la verdad.

En su versión más realista, esto significa sintetizar la información para facilitar la extracción de conocimientos que guíen nuestra comprensión de los fenómenos relevantes para nosotros.

Es, en definitiva, un proceso de compresión de la información para que se vuelva más accesible. Uno que nunca termina (no hay verdad final, absoluta): cada respuesta puede ser descartada si nueva información aparece, cada respuesta genera nuevas preguntas. Pero sí hace que, idealmente, estemos un poco menos equivocados con cada paso que damos. Es decir, ganamos precisión. Si se quiere, el periodismo se acompaña de esa precisión, aspira a producirla y a vivir con ella.

La ciencia nos sugiere una estructura metódica que aumenta la precisión de nuestros resultados:

Formulamos una conjetura para explicar un fenómeno o pronosticarlo.
Transformamos esa conjetura en una hipótesis comprobable.
Obtenemos datos para poner a prueba la validez de la hipótesis.
Sacamos conclusiones, siempre provisionales: se rechaza la hipótesis si las evidencias no la soportan. En caso contrario, la hipótesis se corrobora tentativamente.

Esto es lo que hizo Meyer con la cuestión de los disturbios en Detroit de 1967. Es lo que muchos hemos tratado de hacer durante la pandemia con cada pregunta que surgía. Y es, en definitiva, una buena guía para abordar preguntas a futuro, especialmente en el periodismo de salud, que plantea preguntas tan cercanas y que exigen por parte de la audiencia respuestas no finales, pero sí precisas, porque guían sus comportamientos en algo esencial para la vida.

La pandemia nos ha mostrado (al menos a mí me ha mostrado) cinco rutas clave, complementarias entre sí, para hacer de la labor periodística algo más preciso. Las dos primeras sirven como punto de abordaje a las preguntas con las que nos enfrentamos, la tercera y la cuarta son estrategias analíticas, la última, un aprendizaje y reconciliación con la paradoja central de la exploración de la realidad, por definición inabarcable en su totalidad.

La primera ruta es la exploración de evidencia científica disponible respecto a cada cuestión que nos ocupe, desde la efectividad o los efectos secundarios de una vacuna específica hasta el potencial de propagación de una nueva enfermedad. Antes que nada, es crucial entender el campo de juego y extraer los conceptos clave.

Para ello lo mejor es ir de más general a más específico: iniciando la exploración con medios o referencias que se caracterizan por tener contenido excelente pero divulgativo (los blogs de revistas científicas en lugar de las revistas mismas, por ejemplo) porque eso nos dará las palabras clave, las ideas esenciales que luego sí buscaremos en las revistas especializadas. Si hacemos el proceso al revés, el riesgo es que escojamos una herramienta precisa, pero inadecuada. La precisión se construye desde la apertura, y de ahí se va cerrando.

En paralelo, y en tanto que leer ciencia no siempre es suficiente, el acceso directo a los creadores de conocimiento científico se ha consolidado como una ruta clave durante esta pandemia.

La relación con estas fuentes se basa en el compromiso creíble de que reproduciremos sus aportes de manera fidedigna, sin sobresimplificarlos ni eliminar la incertidumbre. Esto es crucial, porque alinea nuestro objetivo de dar información relevante a la audiencia con el objetivo de la fuente. Sin este alineamiento quizás obtendremos titulares más jugosos o respuestas más contundentes (menos “no estamos todavía seguros de esto”) a corto plazo, pero a largo plazo deterioraremos nuestra fuente de conocimiento y la confianza de la audiencia en lo que tengamos que decir.

A renglón seguido podemos trabajar con los datos que se produzcan en torno a las preguntas que nos interesen. Los datos son, como hemos visto en la pandemia, una mina de primicias relevantes. Si los tratamos bien y los entendemos como merecen podremos estar más cerca de las cuestiones que preocupan a nuestra audiencia, aportando conocimiento más preciso que un simple “las vacunas tienen efectos secundarios”: ¿cuáles son, con qué frecuencia se dan, y cómo se comparan con los desarrollos graves para no vacunados? Este es el tipo de preguntas que le plantearemos a los datos. Concretas, pero atadas con el interés general. Para responderlas, podemos aplicar conocimientos aritméticos esenciales, como esta pieza que respondía precisamente al ejemplo de los efectos secundarios con las vacunas, dimensionándolo y ofreciendo tranquilidad y guía de comportamiento a millones de personas en un momento clave.

También podemos bucear en los datos clave, armados de las preguntas básicas del periodismo pero aplicadas a los datos: dónde, cuándo, quién, cómo y por qué generó esos datos. De ahí podremos identificar sesgos y riesgos. Porque no, no hay datos perfectos: de nuevo, el objetivo es estar cada vez un poco menos equivocados, no acertar para siempre.

Todo lo anterior se debería envolver en una relación normalizada con el que aparentemente es el gran enemigo común de la ciencia y el periodismo: la incertidumbre. En realidad es una enemiga inevitable: no existe el conocimiento total y definitivo por la propia naturaleza de la realidad cambiante, y por los límites cognitivos del ser humano. En el fondo, debemos suponer que esto es algo que la audiencia sabe, a pesar de su demanda de certidumbre. 

Y esto quiere decir que podremos incluso producir historias a través de la incertidumbre, o alrededor de ella. La pandemia nos ha dejado maravillosos ejemplos, como el relato del lento pero enorme cambio social que se produjo al asumir poco a poco que la ventilación era clave en la lucha contra el contagio, mucho más que la desinfección o las superficies.

Esta nueva relación con la incertidumbre nos ayudará en el que debe ser nuestro cometido central en paralelo a la producción de precisión: construir credibilidad con nuestra audiencia. Más nos vale acotar correctamente los límites del conocimiento en el largo plazo que responder a todo de manera vehemente en el corto término. La precisión no es una respuesta final, sino una provisional, acotada a la evidencia disponible. 

Si a Phillip Meyer alguien le hubiera demostrado que en realidad la hipótesis para explicar las revueltas de su Detroit natal era otra, con toda seguridad la habría aceptado, sirviendo a su audiencia antes que a su palabra dada. Paradójicamente, esta es la única manera de proteger la legitimidad de esa misma palabra en el resto de su carrera. No hay, creo, opción más honesta en esta labor.

* Es doctor en sociología (Universidad de Ginebra) y máster en política pública (Erasmus University Rotterdam). Actualmente se desempeña como analista de datos de la edición americana del diario EL PAÍS y como director adjunto del think tank Esade-EcPol. En ambos frentes estuvo cubriendo la pandemia desde dos ángulos específicos: la traducción de la evidencia científica disponible a luces sobre cómo navegar la situación actual y futura; y los dilemas de decisión (tanto personales como colectivos) que implican esta navegación.

Sobre el Premio Roche

El Premio Roche de Periodismo en Salud es una iniciativa de Roche América Latina, con la Secretaría Técnica de la Fundación Gabo, que busca reconocer la excelencia y estimular la cobertura periodística de calidad sobre temas de salud y ciencia en América Latina, integrando miradas desde lo sanitario, económico, político, social, entre otras áreas de investigación en el periodismo.

Para más información o consultar inquietudes sobre la décima edición del Premio Roche, comunícate al correo electrónico: premioroche@fundaciongabo.org

 

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