#ConDatos: ¿Cómo transformar la muerte en antídoto contra las mentiras del COVID-19?

Stephen Harmon tenía 34 años, más de 7 mil seguidores en Twitter y era uno de los grandes antivacunas de California. Solía hacer chistes con la pandemia y decir que creía más en la Biblia que en el inmunólogo y asesor presidencial Anthony Fauci. Pocos días antes de morir de COVID-19, en 21 de julio, publicó que tenía “99 problemas y que la vacuna no era una de ellos”.

Hans Kristian Gaarder pensaba de forma semejante. A los 60 años, vivía en un suburbio de Oslo, en Noruega, y usaba las redes sociales para difundir teorías conspirativas sobre la pandemia. Atacaba los programas de inmunización y promovía fiestas en su casa. Por lo menos dos de ellas ocurrieron durante el avance del nuevo coronavirus.

Gary Matthews era pintor, tenía 46 años, y vivía en el Reino Unido. En su perfil de Twitter, publicaba contenidos que se oponían a las medidas de confinamiento, a las cuarentenas y, por supuesto, a las vacunas. Su familia le suplicaba que se pusiera mascarillas y que cumpliera el aislamiento social. Pero los amigos de Matthews tenían otra opinión. “Querían salir, encontrar personas y repetir que no creían en las informaciones del gobierno”, dijo su primo Tristan Copelan, tras su muerte.

La historia de Jodi Doering es igual de impactante. Sin embargo, enseña otro punto de vista, otro tipo de sufrimiento. Doering trabaja como enfermera en la emergencia de un hospital en Dakota del Sur. Desde que empezó la pandemia, ha sentido el efecto de la desinformación en su trabajo diario. En noviembre, Doering saltó a Twitter y dijo que los que siguen enfermando son aquellos que todavía creen que este virus no es real. “Esas personas realmente pensaban que esto (el COVID-19) no les iba a tocar. Entonces se callan al ser intubados. Es como una película de miedo que nunca termina. Nunca salen los créditos. Y nosotros (el personal sanitario) seguimos ahí. Otra y otra vez”.

En la lucha contra la desinformación sobre la pandemia, es hora de que la prensa mundial amplíe el alcance de historias como estas. Nosotros, los periodistas, debemos recordar que más allá de los números de muertos y de enfermos, que suelen tomar horas y horas del noticiario diario, que más allá de los porcentajes y de los datos duros, que transmiten poca emoción y humanidad, hay miles y miles de relatos con enorme potencial de impactar positivamente aquellos que todavía tienen dudas sobre el COVID-19 y sus vacunas.

Como periodistas y verificadores de datos, es importante que empecemos a reunir estas historias y darles espacio. Debemos humanizar las víctimas fatales y aquellos que sufren con la pandemia en su día a día de alguna otra forma.

En nuestras publicaciones, es relevante que pongamos fotos, que enlacemos a los perfiles que las víctimas tenían en las redes sociales, que subrayemos que eran ciudadanos comunes, viviendo en diferentes países, hablando idiomas distintos y ejerciendo diversas profesiones. En común, solo tenían dos puntos: la desinformación y la muerte.

Al reportear estos tristes relatos, los periodistas tenemos que entrevistar a los familiares y amigos de la víctima fatal. Saber si ellos están de acuerdo con la idea de transformar esta pérdida en un ejemplo social, un ejemplo de algo que no debería repetirse. Y, en este proceso, hace falta mucho cariño. Mucha empatía.

Según el American Journal of Tropical Medicine and Hygiene, por lo menos 800 personas murieron víctimas de la desinformación entre enero y marzo de 2020. Más de 5.800 ingresaron en hospitales a consecuencia de las noticias falsas sobre el COVID-19.

Así que no nos demoremos más. Probemos alternar las verificaciones y los datos duros que ya conocemos sobre la pandemia, con relatos humanos bien reporteados.

Para llevar en consideración

    • Los relatos humanos pueden tener un impacto positivo en la lucha contra la desinformación pandémica. Alterna números y porcentajes con historias de ciudadanos comunes que han sufrido con el COVID-19.
    • Estos relatos deben ser empáticos, traer fotos y comentarios de amigos y familiares. Es importante que ellos estén de acuerdo con la idea de convertir la tristeza o la pérdida en un ejemplo a favor de la comunidad.

 

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